instalación/ Sobre vuelo/ metal, ruedas de bicicleta, alambre, Papel, acrílico.
Artículo
publicado en la revista ¨ Estilos & Casas ¨, Edición #57 . 2008.
“Ebenezer Leyva González: El viaje de Ícaro.”
Imágenes arquetípicas de
intensa carga emocional que, al expresar la primacía relacional de la vida humana, nos
impresionan, influyen y fascinan.
Texto: Claudia Mandel, Julio 2008.
Formado en
contacto con la enriquecedora vida de los talleres, durante la década de los
años 80 -período totalmente revolucionario en la plástica cubana-, Ebenezer
Leyva González (Santa Clara, 1971), cuenta con más de veinte exposiciones colectivas
de 1989 a 1995 en Cuba y el extranjero.
El Taller de los Apretados
organizado por Fernando Caluff, marcó en su trayectoria un momento de mucha
libertad personal, en contradicción con lo que se vivía socialmente en el
inicio de los 90 en Cuba. Los trabajos en video, fotografía y performance, como
los proyectos de exposiciones grupales, fueron experiencias que abrieron cada
vez más su lenguaje discursivo, cuya simbología, esta impactada por imágenes
donde se mezclan la identidad judeocristiana, la historia de un proceso social
materialista dialéctico, y la fuerza que se respira en el aire de la cultura
afrocubana. El trabajo en grupo, ha sido una óptima estrategia para enfrentar
un tiempo muy duro, conocido como la época del “período especial”, un tiempo
histórico donde todo queda de la mano de Dios, y que remite a escenas dignas
del Bosco o Brueghel. Por esos años, el encuentro con El hombre y sus símbolos, de Carl Jung, fue crucial en su obra para
entender la función del acto creativo y el carácter simbólico de la producción
de cada imagen.
Con un
impecable dominio técnico, su reciente muestra en Galería Amón, El
viaje de Ícaro, revela una clara tendencia a generar imágenes
de intensa carga emocional que, al expresar la primacía relacional de la vida humana, nos
impresionan, influyen y fascinan.
El viaje de Ícaro, trata sobre el devenir de una imagen
arquetípica, que se sucede a lo largo de nuestra vida, dice Leyva. A
través del mito
de Ícaro, el artista aborda el deseo del ser humano de ir siempre más lejos,
aún a riesgo de tener que encontrarse cara a cara con su condición de simple
ser humano inmerso en relaciones de poder. Una de las lecturas que puede
extraerse de esta serie, coincide con la visión heideggeriana del
ser determinado como presencia por el tiempo. Estamos atados a la
caracterización del ser como un estar presente. La íntima relación entre ser y
tiempo, es expresada por el artista como un tiempo secuencial que se dibuja en el enorme
espacio de nuestra existencia cultural. En
el ir y venir de lo micro a lo macro, donde juegan nuestros pasos sobre la
madeja de la historia que nos contiene. En
este recorrido, el artista busca en la imagen mitológica la asociación entre conocimiento, poder y
castigo. Se suceden el encierro, la huida, la pasión, el desborde, el
deslumbramiento, la caída como aspecto de muerte y resurrección, el dolor, el
desgarro, la libertad. Según el mito griego, Ícaro había sido encarcelado
junto a su padre Dédalo, constructor del laberinto de
Creta. Para escapar del control del rey Minos, Dédalo construye alas para él y
su hijo entrelazando plumas con cera. Ya preparados para escapar, Dédalo
advirtió a Ícaro que no volase demasiado alto pues el calor del sol derretiría
la cera, ni demasiado bajo porque la espuma del mar mojaría las alas y no
podría volar. Pero Ícaro comenzó a ascender hasta que el sol ablandó la cera
que mantenía unidas las plumas y éstas se despegaron. Ícaro agitó sus brazos, pero no quedaban suficientes plumas para sostenerlo
en el aire y cayó al mar.
Acerca
de este mito, Ebenezer Leyva explica que Dédalo intenta alcanzar esa
libertad a base de ir más allá de su condición humana. Subvierte un orden, es el creador que rebasa el límite de su
encierro creando la realidad que lo eleva pero que no lo exime del dolor.
Ícaro, representa para el artista, la expresión del desborde de la libertad,
representa el impulso, la energía ciega que subida sobre un sueño solo busca
expandirse hacia la Luz. La luz ígnea, dual, la que está sobre todas las cosas,
la misma que da y quita. El camino seria el justo medio pero anterior a la
sabiduría estuvo la caída. La muerte,
nos dice el artista, se desdibuja ante la trascendencia del espíritu, una
prueba más como tantas a las que la Luz día a día nos expone. Un ciclo se
cierra y en su giro como un gesto del destino siempre sostenido en nuestras
manos, abre un infinito abanico de posibilidades, de juegos, de verdades donde
el eje de la fe marca el borde que después se ha de romper.
El mito de Ícaro, podemos asociarlo a su vez, con otro de los mitos fundantes de la
modernidad: el mito del progreso infinito. Dicho mito, se basa en la autoridad
de la Razón que, en su alianza con la tecnología y la ciencia, no admite límite
alguno para lo posible. Del seno de la modernidad, surgió entonces un
nuevo horizonte cultural: el progreso histórico con su proyección al infinito
que, a partir del desarrollo tecnológico y científico, se convirtió en el nuevo
dogma que reemplazó el mundo suprasensible. Pero lejos de provocar un
mejoramiento del mundo, las consecuencias de la persecución alienadora del mito
del progreso -la exclusión social y la destrucción ambiental-, revelan su
carácter ilusorio. En este sentido, Ebenezer Leyva explica que El viaje de Ícaro, se trata de un mito
constelado en este nuestro tiempo de fragilidades económicas, políticas y
sociales, donde gigantescas estructuras tecnológicas compiten a suplir la
unidad del todo como alas de salvación en la caída. Pero el viaje no queda en
el abrupto fin del desplome, si no en rebasar la contradicción que genera esta
experiencia.
Leyva entabla un diálogo con el soporte que
utiliza y, entre éste y el carácter del material usado, da paso a las formas
que genera la emoción, encargada de
hilar el orden de la idea. Producto de dicho diálogo, la figuración va
sufriendo una transmutación donde los cuerpos son reducidos a maquinarias
corpóreas, vehículos alados, estructuras orgánicas.
Es la unidad de lo humano al todo, a elementos
primarios de la naturaleza, al aire como soporte, al agua como contención y
regreso al origen. Surgen grandes organismos, maquinaciones donde el vuelo se
esboza como eje del viaje, huida, movimiento, migración, que lejos de cumplir
una función, comprimen la vida humana. La herramienta expresiva de estas
formas, se logra fundamentalmente mediante la riqueza plástica que proporciona
la experimentación con distintos materiales. El eje de la construcción de las
obras, se centra en el
dibujo, el tratamiento de las formas, la economía de color, el uso constante de
la línea y el pincel seco. Ya sea mediante el uso del óleo o del acrílico, la
superoposición de tonos complementarios colocados por capas, logra una
vibración de color y una textura que proporciona más riqueza y expresividad a
las obras. La luz, protagonista que arma las obras y define las composiciones,
revela la admiración del artista por la pintura barroca, particularmente por el
manejo de los espacios de Vermeer, la luz en Rembrant, en de la Tour,
Velásquez, y Caravagio.
Existe una intertextualidad entre El viaje de Ícaro y el texto del
escritor francés George Bataille (1897-1962) titulado El sol podrido. En dicho texto, Bataille establece una analogía a
partir de la actitud humana con el mito de Ícaro expresado mediante un sol partido
en dos, uno que resplandece en el momento de la elevación de
Ícaro y otro que funde la cera fundirse, determinando la caída cuando Ícaro se
aproximó demasiado. Atender a las
imágenes ofrecidas
por el artista, que no son ideas traducidas, sino el lenguaje natural del alma,
nos ayuda a liberarnos de la opresión de los modos de pensar racionalista que
han limitado nuestra creatividad. El
viaje de Ícaro, nos produce la sensación de estar en contacto con algo completamente desconocido hasta
ese momento, y a la vez, nos asombra al permitirnos descubrir similitudes entre
las obras que componen la serie y un gran número posible de imágenes asociadas,
manteniendo así fluyente el proceso imaginativo entre artista, obra y receptor.
Poseen obra de Ebenezer Leyva colecciones privadas
de Argentina, Portugal, España, Estados Unidos, Costa Rica.




















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